La Asamblea Legislativa, donde el agravio reemplaza al debate
2026-03-16 - 01:35
El parlamento es, por definición, el espacio donde la pluralidad de voces de una sociedad se encuentra para deliberar, confrontar ideas y construir acuerdos que orienten la vida pública. Sin embargo, cuando el debate legislativo se degrada al intercambio de agravios, descalificaciones y excesos verbales, la función misma del poder legislativo comienza a erosionarse. La palabra, que debería ser instrumento de deliberación democrática, se convierte entonces en un arma de confrontación que debilita la legitimidad institucional. En las recientes discusiones dentro de la Asamblea Legislativa se ha evidenciado una preocupante tendencia: el predominio de un lenguaje agresivo y peyorativo que sustituye al argumento razonado. Los insultos, las acusaciones y ataques personales han desplazado al debate sobre políticas públicas, proyectos de ley y soluciones a los problemas ciudadanos. Un clima de hostilidad no solo deteriora la calidad del debate parlamentario, sino que proyecta hacia la sociedad una imagen de confrontación permanente que mina la confianza en la institución legislativa. Discrepar es legítimo y necesario en un sistema democrático; lo que resulta incompatible con la cultura democrática es la degradación del diálogo hasta convertirlo en un escenario de agresiones verbales. Cuando el respeto desaparece del discurso político, se rompe uno de los principios básicos de la convivencia democrática: la posibilidad de escuchar al otro, reconocer la diferencia y, aun así, buscar puntos de coincidencia. El lenguaje peyorativo y la descalificación permanente hacen prácticamente imposible alcanzar acuerdos mínimos, condición indispensable para la gobernabilidad. Sin diálogo respetuoso no hay deliberación real, y sin deliberación no existe construcción colectiva de decisiones. En ese vacío, la política se reduce a espectáculo de confrontación, mientras los problemas del país permanecen sin respuesta. La Asamblea no solo legisla; también simboliza el funcionamiento de la democracia. Por ello, cada palabra pronunciada en su recinto tiene un peso institucional y educativo. Cuando los legisladores normalizan el insulto, transmiten a la sociedad la idea de que la política es un terreno de hostilidad donde la razón cede ante la agresión. En cambio, cuando se privilegia el respeto y la argumentación, se fortalece la confianza en el sistema democrático. La confrontación de ideas debe mantenerse firme, pero dentro de los límites del respeto institucional y la responsabilidad política. Solo así el parlamento podrá cumplir su función esencial: ser el espacio donde las diferencias se procesan mediante la palabra y donde los desacuerdos encuentran, a través del diálogo, caminos posibles de solución. El cargo La Asamblea Legislativa, donde el agravio reemplaza al debate apareció primero en Diario Los Andes.